POR: ALEJANDRO FLORES COHAILA

La infancia de Raquel se puede resumir en escuela, juegos y basureros. Los dos primeros, principales moldeadores del carácter, las disconformidades y aspectos subjetivos del niño común. Si no fuera por el tercero, seguramente Raquel hubiera encajado en la categoría de “niña común”.

Se rumorea en Moquegua que su madre, una periodista novata, no murió a causa de la piedra que le cayó en la cabeza, sino que fue su padre el homicida. Rumores y más rumores. Dicen que los rumores no deben ser vistos como ciertos, que si no son tomados en corte no son verídicos.

Para mala suerte de su familia, a causa de las voces de bocas invisibles, su padre perdió el empleo que tenía en Serpost, en la plaza de armas. Padre de un bebé y sin empleo, inmediatamente salió a buscar otro, sin importar en qué, estaría dispuesto a aceptar cualquiera. Terminó dándose por vencido, las puertas cerradas y los insultos en la calle desalentaron su búsqueda. En ese momento inició su carrera de reciclador.

Empezó comprando una motocicleta y una carreta con el poco dinero que tenía ahorrado. En su vehículo armado a mano dejaba y recogía a Raquel del colegio. Cuando la recogía, almorzaban en la moto mientras enrumbaban por la carretera a la que Raquel llamaba “La Panamanamana”, y llegaban hasta el botadero de Chen Chen.

A veces encontraban juguetes y hasta muebles que solo necesitaban ser limpiados para ser puestos en su casa. Un día de verano, estación calamitosa y próspera a la vez, Raquel de 16 años y su padre hicieron el recorrido con normalidad.

Casi llegados a su último destino, observaron que recientemente la municipalidad había instalado un nuevo contenedor verde en un asentamiento humano cerca al botadero. Su padre detuvo la moto y pidió a Raquel que bajara a ver si había botellas vacías.

Raquel bajó y dio una mirada inicial dentro del contenedor, y vio que estaba completamente vacío. Parecía que ese mismo día lo hubieran puesto. Cuando estaba dándose la vuelta, un vagabundo la cogió de los hombros sin apretarla y le exigió todo el dinero que tenía encima.

Su padre, que estaba a unos pocos metros, se acercó hacia ellos y golpeó con toda su fuerza al ladrón. Tumbado en el piso, escondida en la casaca del ladrón estaba una cartera de mujer. Raquel pensó primero en llevársela sin que su padre sepa. Luego dudó, se debatió si era prudente robarle a un ladrón. Finalmente se convenció de llevarla.

Llegados al botadero, su padre bajó y caminó entre montículos de basura, perdiendo de vista a Raquel y ella a él.

Ella se acercó a la carreta observó la cartera. La abrió y, solo por curiosidad, echó un vistazo dentro. En ella había un sobre de manila abultado, una billetera, unos pañuelos y llaves. Lo que llamó más su atención fue el sobre. Dentro, había una cantidad de papeles considerable, unos cuantos billetes de cincuenta soles y facturas. Barajando los papeles, sin intención de leer ninguno, uno en especial atrajo su ojo. Era una factura azul, de una empresa de alfombras de Torata. En el momento en que vio el precio, supo que, por solo tener ese pedazo de papel en las manos, estaba en peligro.

Era una factura por alfombras persas que habían sido expedidas a nombre del Gobierno Regional de Moquegua. Pero no había ninguna tienda que vendiera alfombras en Torata, mucho menos alfombras persas de ese precio. Comenzó a preguntarse: ¿a quién le pertenecía esta cartera? ¿Por qué el Gobierno Regional estaba comprando alfombras tan caras?

Ante todo, esto tomó la mejor decisión que podría haber tomado cualquier otro joven, menos ella: llevarlo ante su padre. Se ahorró la parte de robar la cartera del vagabundo y habló solo de la factura. Estaba acelerada y suspiraba muy de prisa. Entre cada suspiro suyo se oía una palabra poco clara, por lo que al padre le costaba entender lo que decía. Terminó de hablar y empezó a llorar. Sentía mucho miedo. Su padre la abrazó y le acarició la cabeza. No hay mucho más que un padre pueda hacer en esa situación. Llevarlo a la fiscalía era una opción, por lo menos así lo pensó su hija.

Pero él solo dijo unas palabras, fue muy breve, pero aún reverbera en los instantes más solitarios en la vida de su hija hoy ya adulta.

–Así que pasa otra vez. ¿Cómo crees que falleció tu madre? Deja eso ahí y préndele fuego. Cuando termines, ve si hay botellas en ese montículo.

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